Plazas y vías públicas

La estructura viaria del núcleo histórico tradicional de Orxeta mantiene exactamente la misma disposición que Pascual Madoz ya recogió en sus observaciones, distribuida en torno a nueve “calles bastante anchas y rectas, una plaza frente á la igl. de 450 palmos de long. y 70 de lat., y 2 plazuelas de poca consideración”. Incluso la nomenclatura de las calles, como podemos comprobar en el plano realizado en el año 1872, ha llegado hasta nosotros sin apenas cambios.

Esta nos proporciona información muy reveladora acerca de su origen y la historia de la localidad, si bien el dar nombre oficial a las calles es un invento relativamente reciente. No es hasta mediados del siglo XIX, por Real Orden de 30 de noviembre de 1858, cuando se determina que era preciso denominar cada una de las calles que componían una localidad, y dentro de ellas, numerar todas las casas.

De este modo, la calle Mayor representa la vía principal de la localidad, en torno a la cual se disponen las casas más notables; la calle de Santo Tomás, es llamada así en honor a uno de los patrones del pueblo, al igual que la calle de San Nazario, y daba acceso a la Ermita de Santo Tomás y al cementerio municipal, por el antiguo trazado del Calvario; la calle del Azagador superpone su trazado a una antigua vía pecuaria; la calle de la Industria albergaba uno de los hornos panaderos más antiguos de la localidad (en la actualidad en proceso de rehabilitación), siendo propiedad de la familia Aznar desde 1893; la calle Barranquet se corresponde, como su propio nombre indica, con un desagüe natural; la calle del Pal conducía a una antigua era de trillar, hoy desaparecida, conocida como Era del Pal; la calle del Sol, de origen más incierto, tal vez hiciera referencia, según algunos informantes consultados, a un antiguo reloj de sol, algo muy habitual en las fachadas de las viviendas de la época; la calle de la Parra, sugiere un eco de la importancia que la vid tuvo en la economía alicantina, sin duda el cultivo hegemónico durante la segunda mitad del siglo XIX.

En cuanto a las plazas, la mayor, frente a la Iglesia parroquial, se llamó Plaza de la Constitución, hoy Plaza del Dr. Ferrándiz, conmemorando la proclamación de la Constitución española de 1876, promulgada el 30 de junio por Cánovas del Castillo. También es aquí donde nos encontramos la venerable Casa del Comendador. Este gran edificio, hoy compartimentado en varias viviendas, corresponde al antiguo Palacio de la Orden de Santiago, tradición que recoge Pascual Madoz describiéndolo como “un ant. palacio donde habitaba el comendador de la órden de Santiago, cuyo piso bajo esta destinado á cárcel”. Efectivamente, las bodegas del edificio, realizadas con bóvedas de mampostería, se habilitaron como prisión durante todo el siglo XIX, y en cuyas paredes todavía se conservan algunos grafitos realizados por los condenados. El inmueble en su conjunto ha sufrido varias remodelaciones con el paso del tiempo, con la lamentable pérdida de valiosos elementos arquitectónicos y artísticos, en algunos casos todavía recuperables, como los frescos que decoraban los salones nobles.

De las dos plazoletas menores, una era la Plazuela del Ravalet, y la otra la Plaza de la Villa, donde se localizaba la Casa Consistorial y se celebraba el mercado, a pesar de que las reducidas dimensiones impedían el normal desarrollo de la actividad comercial. Por esta razón, en las actas municipales se recogen varias peticiones solicitando su traslado a la calle de Santo Tomás, o la Plaza de la Constitución, puntos considerados de mayor amplitud y comodidad para las transacciones.

Un problema recurrente en Orxeta fue el de la urbanización y salubridad de sus calles. La ausencia de alcantarillado hacía que, en muchas ocasiones, la acumulación de suciedad y el hedor, se convirtieran en un peligroso foco de infecciones.

El artículo 227 de las Ordenanzas Municipales de Policía Urbana y Rural (1910) obligaba a que los dueños de fincas urbanas sitas dentro de la población construyeran parte de la acera o empedrado, correspondiente a la extensión de lo edificado, con fachada a la vía pública. Dichas aceras debían tener la anchura apropiada para el tránsito de personas, dejando el espacio suficiente para el paso de caballerías y carruajes.

Sin embargo, la precariedad de estos trabajos y lo inadecuado de los materiales empleados, no garantizaban su perdurabilidad, sobre todo cuando arreciaban las lluvias (El León Orchetano, Rugido nº 6, Alicante 13 de septiembre de 1903).

POLICÍA URBANA

Ya tenemos las calles urbanizadas. Parece se habla de preferencias y hasta se dice que se señala cierta “costereta” como mejor arreglada que las demás. ¡Bah! Nunca falta que decir. ¿Y qué importaría aunque así fuese? Los hombres somos débiles cuando se trata de cosas del corazón. El amor hace cometer diabluras en todas las edades y en la vejez más que en otra alguna. ¿Qué no hará un enamorado por agradar á la dueña de sus pensamientos? Los que por ahí murmuran indudablemente ven visiones; pero aunque vieran realidades, habría que hacer la vista gorda. ¿Por qué nos hemos de meter con los tórtolos que enamorados se arrullan?

Bueno, pues decíamos que las calles ya están urbanizadas, aunque no sea de extrañar que al publicarse estas líneas se hubiesen desurbanizado, pues ya se sabe que en lloviendo cuatro gotas, ¡paf! Tabla rasa. Todos esos arreglos y composturas se nos figuran albayalde y colorete en cara de mujer fea.

Y volviendo á las calles. ¿Llegaremos á saber lo que esos arreglos cuestan? Y desde luego adelantamos que por poco que sea va á parecernos mucho. ¿Qué por qué? Pues sencillísimo. Tenemos un guarda municipal para uso y abuso doméstico del alcalde. Ese guarda no lleva armas. Muy bien. Eso favorece nuestro propósito. Nosotros entregaríamos a ese guarda varias armas: escobas, azadas, legones, carretillas, por ejemplo. Y después, en vez de estar siempre al servicio del alcalde, ó de los parientes del alcalde, ó del burro del alcalde (muchas veces se le ha visto dando agua al animalito ó segándole alfalfa), le pondríamos al servicio del pueblo, quedando “ipso facto” convertido el guarda municipal en una importantísima institución urbana. Y quitando hoy una… “descomida” que abandonó su dueño en momentos de apuro en sitio demasiado público, y rellenando mañana un hoyo, y machacando ó apartando al otro unas piedras que estorban, y siempre atento á que ni chicos… ni grandes ensucien puertas y paredes y no dejando nunca de mano los “aromáticos olores”, tendríamos el pueblo convertido en tacita de plata y sin gastar un céntimo extraordinario.

Y aún cabría hacer más: ir almacenando las “descomidas” que se dejan en cualquier parte los que siempre van á “hacer los hechos” de prisa y corriendo, y sacar de ellas unas pesetillas.

Y basta por hoy.”

Por último, a los problemas derivados de la suciedad y los malos olores de las calles, habría que  añadír la oscuridad de las mismas después del ocaso.

La instalación del primer alumbrado público resultó ser todo un acontecimiento en la villa. En el acta del 30 de diciembre de 1888 se manifestó que “la voz pública del vecindario reclama con urgencia la instalación del alumbrado público de esta villa el cual es de insignificante coste para el municipio en atención a que ya posee los faroles necesarios para el mismo, hayándose reducidos solamente sus gastos para la adquisición del petróleo y el de la persona que se encargue de su limpieza, conservación y encendido diariamente”, ante lo cual el Ayuntamiento, tomando en consideración lo expuesto, y tras una breve deliberación, acordó que “siendo de urgente necesidad la instalación del alumbrado público de esta villa cuya mejora reclama el vecindario y la cultura de la población, se consigne en el presupuesto adicional del corriente año la cantidad de ciento cuarenta pesetas que se calculan necesarias para el alumbrado público de esta villa, conservación del mismo y persona encargada de encenderlos”.

A pesar de contar con la infraestructura necesaria, y en vista del aumento tan considerable que alcanzó el petróleo en las postrimerías del siglo XIX, el servicio no pudo sostenerse durante mucho tiempo, y el 7 de noviembre de 1897 se acuerda retirar provisionalmente el alumbrado público. Un tiempo que se prolongará más de lo previsto en un principio, y que el León Orchetano hizo notar, en clave humorística, a través de ciertos “Gozos ripiados” (Rugido nº 3, Alicante 23 de agosto de 1903):

GOZOS RIPIADOS

 “[…] Ya no alumbran los faroles,

y está oscuro y huele á queso,

y conviene solo eso para los trasnochadores,

que todos llenos de amores

van por el ‘albeurador’ […]”